Aguanieve
Siguiendo los pasos de su madre, Katharina R. desequilibraba las naranjas que los fruteros colocaban cada mañana en el mercado de Storej. No era consciente, como no lo fue nunca su madre, pero palpar la fruta para sostenerla un instante en la mano y descolocarla en el orden establecido en la caja, hacia la gravedad, era lo único que había heredado de ella, aunque nunca la conoció. El día que parió a Katharina, retorcida aún por los dolores, se dejó arrancar del hospital en brazos de un ingeniero ruso que la esperaba desde el cuarto mes de embarazo y del que se había enamorado. En la habitación se dejó su mejor chal, que llevaba cuando rompió aguas en plena calle. Olvidó adrede su anillo de casada que se arrancó en el paritorio. Y a Katharina.
