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La ciudad de los jóvenes suicidas

La ciudad de los jóvenes suicidas EDUARDO SUÁREZ

BRIDGEND (GALES).- Amanecía cuando el perro de un segurata jubilado olisqueó el martes en una arboleda el absurdo cadáver de Jenna Parry, la ficha número 17 del dominó maldito de Bridgend. Pendía de un árbol no demasiado lejos de su casa, en una barriada apartada de este pueblo de Gales donde el suicidio se ha convertido en una epidemia mortífera entre los adolescentes.

Jenna tenía 16 años y vivía con sus padres una vida aparentemente plácida. La noche antes de morir había estado en casa de su amiga Jessica. «La vi el día anterior poco después de las siete», dice su madre, «y recuerdo que ella y mi hija reían a carcajadas, sin preocuparse de ninguna otra cosa. Ese es el tipo de persona que era». Algo parecido a lo que dice su amigo Daniel: «Amaba las mariposas y era muy coqueta, hablé con ella el día antes de que muriera y la encontré bien, como siempre».

Como de costumbre, nadie notó nada.

El patrón se repite en muchos de los jóvenes que se han quitado la vida en este rincón de Gales. No hacía ni cuatro días, Bridgend se había desayunado con otros dos casos: los de los primos Nathaniel Pritchard (15 años) y Kelly Stephenson (20). El primero jugaba de vez en cuando al rugby y escuchaba música de Eminem. La segunda era una estrella del fútbol en ciernes. El director del colegio de Nathaniel decía esta semana: «No parecía que tuviera problemas, parecía un alumno feliz y muy popular entre sus compañeros».

De todas formas, no siempre ha sido así. Algunos de los 17 jóvenes que se han suicidado en Bridgend en el último año mostró de antemano señales de sobra de lo que podía ocurrir. Angie Fuller (18 años), encontrada el pasado 4 de febrero, se hallaba inmersa en una depresión profunda y Andrew O’Neill (19) murió unos días después de que lo condenara un juez por conducir borracho.
Instintos de Martin

Tampoco fue una sorpresa el suicidio de Anthony Martin, que amaneció colgado en su habitación en abril del año pasado. Dos semanas antes, Martin (19 años) visitó el hospital pidiendo ayuda para atajar sus instintos autodestructivos. No sirvió de nada.

Su madre Tracey se lamenta ahora de que nadie lograra frenar sus deseos a tiempo: «Cualquiera que haya intentado suicidarse debería permanecer en observación; si uno va pidiendo ayuda y no la consigue, no ve la luz al final del túnel».

En realidad, el caso de Anthony es bastante especial. Lo había intentado en dos ocasiones y había mostrado síntomas depresivos después de que lo echaran de su empleo en la cantina de la fábrica de Ford de la localidad.

En muchos otros suicidios no hay un detonante aparente. Al contrario. Quienes les conocieron suelen dibujar a unos jóvenes sensibles y vitalistas, sin conexiones con las drogas o con los bajos fondos. Hijos adolescentes de una familia cualquiera. Y he aquí lo que consume desde hace meses a esta localidad de Gales. Cualquier padre teme que su hijo pueda ser el siguiente.

En 2005 apenas hubo tres suicidios adolescentes en Bridgend. En 2006 otros tres. Entre 2007 y lo que llevamos de 2008, 17. La policía asegura que no ha logrado establecer ninguna relación entre todos ellos, pero lo cierto es que muchos de los fallecidos se conocían y frecuentaban los mismos lugares y las mismas páginas web. Es imposible encontrar un adolescente muerto que no tuviera relación con alguno de los demás, en un entramado de amistades y parentescos en el que continúan rastreando la policía y los servicios sociales.

Para Jenna, por ejemplo, tuvo un gran impacto emocional la muerte en agosto de Zachary Barnes, primo de su amiga Jessica. Leigh Davies (22 años) se suicidó en junio, dos meses después de que lo hiciera su mejor amigo, Alan Pierce (21). El día después de Navidad murió Liam Clarke (20 años), un tendero que quería enrolarse en las fuerzas especiales. Le siguieron su amigo Gareth Morgan (20 años) y su amiga Natasha, con la que aparece en una imagen tomada en una fiesta de disfraces.

Existen casos aún más llamativos, como el de Jason Williams (21 años), cuyo cadáver fue hallado en agosto por su prometida nueve meses antes de su boda. O el de Thomas Davis (20 años), que llegó a comprarse unos zapatos y un traje nuevo para el entierro de su amigo David y se colgó sin embargo de un árbol dos días antes de poder estrenarlo.

Mucho se ha escrito estos días sobre la plaga que asola Bridgend. La policía de Gales ha puesto el dedo acusador sobre los medios de comunicación, de los que dice que provocan el contagio regodeándose en el sufrimiento ajeno. La cobertura de los tabloides ha sido criticada por las familias y por algunos expertos, que se apoyan en diversos estudios que prueban la influencia del periodismo en espíritus a medio camino entre la pubertad y la madurez. La teoría tiene un problema: no explica por qué el sensacionalismo mediático se ha hecho presa de Bridgend y no de ninguna otra localidad británica.

Se han evocado también las penurias económicas y sociales del pueblo, pero lo cierto es que basta un paseo por sus calles para darse cuenta de que Bridgend no tiene problemas muy diferentes de los de cualquier otra localidad pequeña del Reino Unido. Aquí viven unos 40.000 habitantes y hay buenos hoteles y restaurantes. La tasa de paro está por debajo de la media nacional y no se puede decir que no haya trabajo. A las afueras hay sendas fábricas de Sony y de Ford y el viernes, sin ir más lejos, un cartel en la puerta reclamaba todavía sin éxito un limpiador para el pub O’Neills.

Se ha dicho también que los jóvenes no tienen a dónde ir y no es del todo cierto. En Bridgend hay un cine, un teatro, una biblioteca y desde primeros de febrero incluso clases de Tai-Chi, organizadas por el Círculo Taoísta de Gales.

En el centro del pueblo hay un par de centros juveniles. Uno de ellos -el Solid Rock- es en realidad una habitación con un billar, unas mesas y un puesto de perritos calientes en el que los jóvenes pueden matar el tiempo a mediodía hasta la hora de volver a clase. El otro, municipal, ofrece los sábados por la mañana sesiones anónimas de terapia para aquéllos que necesiten atención o consejo. Difícil de indagar mucho más allá porque la mujer que está al frente de él echa al reportero de Crónica con cajas destempladas: «Empezamos a estar hartos de periodistas. Si ustedes no hubieran venido, quizá algunos de esos chiquillos estarían vivos».
Bulos en el pueblo

Es un humor que está presente en las calles de Bridgend, donde también vuelan los rumores y las habladurías. El miércoles, por ejemplo, la policía tuvo que salir a decir en la prensa local que no se había hallado otro cadáver en el barrio de Newbridge Fields. El bulo corría como la pólvora por los pubs y los supermercados.

Las instituciones tratan de buscar soluciones a la desesperada. El Gobierno autonómico galés, por ejemplo, ha anunciado que importará la iniciativa Choose Life, que a base de actividades y visitas a los colegios, logró reducir sustancialmente la tasa de suicidio juvenil en Escocia.

Sin embargo, la preocupación está sobre todo en el corto plazo. En la sede de Bridgend de la ONG Samaritans, especialista en tratar este tipo de casos, las llamadas se han disparado en los últimos días. Muchas tienen que ver con Internet, otra de las presuntas respuestas a los enigmas del caso. Muchos de los fallecidos pertenecían a la red social Bebo, pero pertenecen a ella muchos más en el pueblo que no se han quitado la vida.

Diversos psiquiatras han apuntado esta semana una teoría que se antoja algo más plausible. El rosario de condolencias provoca en algunos jóvenes el deseo de un agasajo similar. Muchos de los fallecidos dejaron su rastro en webs de homenaje a los fallecidos y convirtieron el sitio de su ahorcamiento en lugar de peregrinación. En cierto modo, muchos quizá no iban buscando mucho más que sus 15 minutos de fama. Sólo que en este caso pasa la fama y la muerte queda.
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