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José Tomás Esquinas Alcázar

José Tomás Esquinas Alcázar

17/05/2009 ANA J. TORRES ,

–El espacio en prensa es limitado, pero ¿cómo resumiría su trabajo en la FAO durante tres décadas?

--La tarea en la que me empeñé y por la que al principio me llamaron utópico y soñador, con un sentido negativo, fue la negociación de un acuerdo vinculante con el objetivo de que 170 países se sentaran en una mesa para hacer un tratado del mismo nivel jurídico que el de cambio climático: el Tratado Internacional de Recursos Fitogenéticos para la Agricultura y la Alimentación. Este apuesta por una conservación de los recursos, así como una distribución justa de los beneficios derivados del uso de los productos fitogenéticos. Se trata de esos recursos que los países occidentales necesitan y que están en su mayoría en los países en vías de desarrollo. Porque los países ricos son pobres en materia prima. Además, en este acuerdo se reconocen por primera vez los derechos de los agricultores tradicionales, que son los principales guardianes de la diversidad. Así estos agricultores son los beneficiarios de proyectos, investigaciones y programas financiados.

–¿Y cuál era esa gran utopía que le llevó a la FAO en 1978?

Mi sueño era dedicarme al servicio de la humanidad, aunque luego la realidad es muy distinta. Llegas a la FAO pensando en que el mundo es maravilloso, pero desgraciadamente las cosas no son así. Sin embargo, me enamoré de esa utopía que, como decía Unamuno, pasa a ser una posibilidad cuando cuatro o cinco personas creen en ella.

–El panorama ha cambiado mucho en los últimos 30 años…

Sí, pero el fin sigue siendo el mismo: erradicar el hambre. Estamos lejos de conseguir los objetivos del milenio de reducir a la mitad el número de hambrientos para el 2015. La situación no es nada alentadora, porque en el 2008 hemos pasado a casi mil millones de hambrientos. 15 millones de personas mueren de hambre cada año, 30.000 cada día, una cada dos segundos. Esto es mucho más que las muertes por enfermedades, accidentes de tráfico o pestes.

Sin embargo, cuando escuchamos esas cifras, pensamos más en hambre allí…

Pero el problema no es allí. Somos un planetita pequeño y lo que ocurra en cualquier rincón afecta a todos. Si se hunde la nave, al final nos hundimos todos. De ahí surge el debate entre generosidad o egoísmo inteligente. ¿Cuáles son los grandes problemas a nivel internacional que se está planteando el mundo? ¿Una emigración salvaje? Pero, ¿quién cree que se va a contener este fenómeno mientras se mueran de hambre al otro lado del charco? Nadie se arriesga a cruzar el Mediterráneo si está a gusto y feliz en su país.

–¿Cuál debe ser la prioridad?

El hambre y la pobreza es el caldo de cultivo principal en el que crecen las otras lacras como la violencia y el terrorismo. Si todo lo que se dedica a armas o se está invirtiendo en salvar los bancos en los últimos meses se destinase a erradicar el hambre y la pobreza, habríamos resuelto el problema. El presupuesto regular de la FAO para dos años equivale a lo que dos países industrializados utilizan en comida de perros y gatos en una semana, mientras que el presupuesto para 10 años es igual a lo que el mundo gasta en armamentos en un solo día.

–Entonces, ¿es cierto eso de que hay pan para todos?

--No, si no es rentable. El problema del hambre en el mundo no es la falta de alimentos, sino el acceso a ellos. Hoy existen alimentos para dar de comer al doble de la población mundial. Paradójicamente, aunque el 70% de los que pasan hambre están en las zonas rurales, la ayuda al desarrollo de los países industrializados no se dirige a estos lugares, a los que solo destinan un 4% para la agricultura. Según la FAO, la Humanidad ha producido unas 8.000 especies distintas de plantas. Hoy cultivamos unas 150, de las que solo 12 proporcionan el 80% de las calorías de la alimentación mundial, siendo el trigo, el arroz, el maíz y la patata el gran sustento. Estamos aprovechando muy mal esa agro-biodiversidad. ¿Por qué el pan pasa a ser el elemento básico por excelencia cuando producir trigo en países como Perú o Bolivia es carísimo? Porque tras la colonización se hace famoso el refranero nuestro de con pan y vino se anda el camino o es tan pobre que no tiene para pan. El traspaso de las fronteras es el motivo. En algunos países, la exportación de algodón compite con la producción de alimentos, porque los más listos han comprado las tierras para vestir a Occidente, dejando a la madre Tierra sin la posibilidad de producir más.

–¿Qué fábula se le ocurre para que se encauce esa ayuda al desarrollo y la investigación?

Me acuerdo de la historia de un río que se desborda en la selva. Entonces, un mono se agarra a un árbol para salvarse. Cuando ve que todos los animales se están ahogando, le remuerde la conciencia y coge a un pez que, asfixiado, ni siquiera puede hablar. Y el mono dice: lo salvo y ni siquiera me da las gracias. Esto es un ejemplo de cómo nos creemos el ombligo del mundo. Hay que respetar la diversidad cultural en un mundo de crisis.

– Si los fallos del sistema han provocado anomalías, ¿cómo repercutirá la situación actual en la seguridad alimentaria?

--Lamentablemente, muy mal. En España gastamos de media un 17% de nuestro salario en alimentos. Por eso, aunque los precios se dupliquen, podemos seguir comprando. Pero para los que utilizan hasta el 70% de su salario en alimentos, duplicar el precio de los productos es dramático. En más de 50 países en el 2008 ha habido revueltas a consecuencia del encarecimiento de los productos. En un mundo sin fronteras todo afecta y se convierte en una cadena. Por ejemplo, Haití produce para los grandes mercados y, además, los agricultores han sustituido las semillas tradicionales por las comerciales, que son más productivas, pero también más vulnerables, porque son uniformes, no se adaptan al ecosistema ni son capaces de sobrevivir a las enfermedades ni a los cambios. En 1830, en Irlanda, un hongo mató todas las patatas, que eran iguales. Murieron de hambre más de dos millones de personas por esa falta de diversidad, mientras que las variedades inmunes crecían en América, lugar de origen de la patata. A lo largo del siglo XX hemos perdido el 93% de la diversidad.

– ¿La erradicación del hambre y la pobreza es ahora más que nunca una utopía?

– No. No puede ser una utopía porque de ella depende nuestra existencia. Lo que está en crisis es nuestra filosofía de vida, basada en un consumismo sin freno. El 15% de los alimentos que se compran en España terminan sin abrir en el cubo de la basura. Cuando un país como el nuestro hace planes de desarrollo, utiliza indicadores económicos, aunque deberían utilizarse indicadores de felicidad. Los países en vías de desarrollo, que consumen menos, tienen un índice de felicidad más alto. Bután ya propuso en la ONU, en 1999, la utilización del curioso concepto de felicidad nacional bruta.

–¿La ética es fundamental?

“El 15% de la comida que compramos termina sin abrir en la basura”

–Es la base de la solidaridad con las generaciones futuras. En 1855, el gran jefe indio Seattle le escribió al presidente de los EEUU, Franklin Pierce, diciéndole que lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a nuestros hijos. También acertó un proverbio africano: el mundo no nos pertenece, lo tenemos en préstamo.

–Después de toda una vida, ¿uno se acostumbra a los problemas o cada vez estos lo estimulan más a seguir luchando?

–Acostumbrarse a algo es el verdadero problema. En el momento en el que uno se echa atrás, ya está aceptando la realidad que le imponen desde afuera.
Fuente: Diario Córdoba.

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