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Date of Birth
18 August 1977, Germany
Jeannine Deckers nació en Bruselas el 17 de octubre de 1933, tuvo una infancia y una juventud que ella describió como muy difícil. Buscando su vocación ingresó a la orden Dominica en 1959, en donde se convirtió en la Hermana Luc-Gabriel, en el Convento de Fichermont en Waterloo. Muy pronto se ganó el aprecio y admiración de sus hermanas de orden en razón de su afición a la música y composición.
Su superiora decidió hacerle grabar un disco y negociar un contrato con el sello fonográfico Phillips. Ni su nombre, ni su imagen aparecerían en las portadas. El seudónimo "Sor sonrisa" (ella misma afirmaría años después que le parecía más bien ridículo) se debió a un panel de escuchas encuestados, quedando pues en la propiedad de su editor y su convento. Los derechos normalmente devueltos al autor fueron destinados pues, al convento. En razón de sus votos de pobreza y obediencia Jeannine firmó.
Dominique el éxito mundial
En 1963 la canción Dominique alcanza una enorme popularidad, la frescura de su voz, su letra, y la simplicidad aparente de su fe le ganaron la simpatía de un publico que no solo se limitó a los católicos.
La letra del coro original en francés dice así:
« Dominique-nique-nique s’en allait tout simplement
Routier pauvre et chantant
En tous chemins en tous lieux il ne parl’que du Bon Dieu
Il ne parl’que du Bon Dieu. »
Su anonimato despertó la curiosidad de la prensa y el rumor de ser poseedora de una belleza proporcional a la pureza de su alma. Muy pronto, la canción se colocó en primer lugar de las listas Billboard de Norteamerica permaneciendo ahí por más de tres semanas desplazando a The Kingsmen’s con el tema: "Louie Louie". El famoso programa americano "El Show de Ed Sullivan" tuvo que trasladarse al convento de Fichermont, donde se encontraba Jeannine, para dar a conocer a la exitosa personalidad. Años más tarde basado en Jeannine se rodó el filme The Singing Nun(1966) dedicado a su vida llevando como estelar en el papel de Sor sonrisa a Debbie Reynolds. La actriz no guardaba ningún parecido con su modelo cuyo rostro permaneció desconocido.
Por aquellos años Jeannine Deckers retoma sus estudios y ensayos con más esfuerzo (testimoniado en su diario) encaminándose al estudio de la teología, continuando sus estudios en la Universidad Católica de Louvain, es este paréntesis estudiantil que la orilla a cuestionarse sobre el sentido de su vida. En 1966, convencida de su falta de vocación, y considerando la vida en el convento como anacrónica, abandona la orden sin ninguna eucaristía.
La posteridad habría de olvidar el lado B del sencillo de 45rpm: Le pied du missionaire, y más aún los títulos de su siguiente disco:Une fleur, cœur de Dieu
El segundo aire
El contrato con su casa discográfica le prohibía pues , utilizar el seudónimo que la convirtió en celebridad. Es bajo el nombre de Luc Dominique que Jeannine intentó continuar su carrera con canciones como La Pilule d’or(La pildora de oro) que era una oda a la píldora anticonceptiva. Escribió en esta época temas más bien controvertidos para los cuales ella se dirigió a las madres, a los hombres (que ella consideraba dominantes y violentos), a la iglesia católica y al conservadurismo. Se apasionó por las nuevas concepciones de la Teología (entre el Concilio vaticano II y los sucesos de mayo del 68), busco inventar para ella misma y para su compañera, una nueva vía religiosa, situada entre la vida regular y la vida secular. Llegó a secundar la afirmación de John Lennon en el sentido de sus declaraciones sobre la popularidad de Jesús de Nazareth.
El éxito de sus discos fue tal vez modesto y dio razón a uno de sus títulos de su época: Je ne suis pas une vedette(No soy una artista).
En la canción: Luc Dominique, ella explica que Sor Sonrisa ha muerto:
« Je réclame de mes frères (Yo reclamo a mis hermanos)
Le droit d’évoluer. (El derecho de evolucionar)
De vivre solidaire, (De vivir solidaria)
Parmi eux, consacrée. (Entre ellos, consagrada)
En short ou en tunique, (En short o en tunica)
Blue jeans ou pyjama, (Blue jeans o Pijama)..
Je n’ajoute en critique,
Le Seigneur est mon choix.
[…]
Il est certain sourire
Qu’il faut démystifier,
Portrait un peu rapide,
Portrait inachevé.
Si cet autre visage
Étonne certaines gens,
Qu’ils vénèrent l’image
Du sourire d’enfant.
Elle est morte, Sœur sourire, (ella ha muerto, Sor Sonrisa)
Elle est morte, il était temps ! (ella ha muerto, ya era tiempo)
J’ai vu voler son âme, À travers les nuages, (Vi volar su alma entre nubes)
Dans le soleil couchant. »
Su nivel de vida fue muy irregular, encontró su sustento diario a través de sus escritos, sus discos, cursos de guitarra e incluso a través de su labor con niños autistas. Sus problemas con el fisco transformaron esta situación precaria en un drama completo. En 1976 intentó un retorno a los Estados Unidos, pero ninguna persona se interesó en ella.
Un final trágico
Los servicios fiscales belgas, reclamaron entonces las fortunas que habría de redituarle Sor Sonrisa . Pero permanecieron sordos a sus protestas, incluso las autoridades religiosas -El convento y las obras que ella dejó como ganancias de sus primeros discos nunca fueron firmadas como recibidas- Frente a la situación Kafkiana de tal deuda, monstruosa al fin(con intereses acumulados) Jeannine y su pareja, Annie Pecher, terapeuta de niños autistas, sumergidas en una profunda depresión, que el alcohol y los medicamentos agravaron, optaron por suicidarse juntas el 29 de marzo de 1985.
George Villiers, I Duque de Buckingham (28 de agosto 1592 – 23 de agosto 1628). Favorito del rey Jacobo I de Inglaterra IV de Escocia y de su hijo Carlos I.
Nació en Brooksby, Leicestershire, Inglaterra, el 28 de agosto de 1592; su padre Sir George Villiers (1550-1604) pertenecía a la baja nobleza. Su madre, Mary (1570-1632) enviudó pronto y lo educó para la vida en la corte, enviándolo a Francia. Allí aprendió modales, danza y francés; destacó por su belleza y espléndido físico a edad temprana y en 1614 fue enviado ante el rey, con la esperanza de que el rey reparase en él.
Vida en la Corte
El rey Jacobo I se enamoró de él. El amor de rey fue correspondido por Villiers, como atestiguan las cartas de amor que le escribió, en una de ellas se lee: "Amo tu persona, y amo todas tus partes". Villiers se ganó el apoyo de todos aquellos que se oponían al antiguo favorito, Robert Carr, I Duque de Somerset.
Con el apoyo del rey su fortuna aumentó. Villiers fue nombrado en 1615 Caballero de Cámara, luego en 1616 fue nombrado Barón Whaddon y Vizconde Villiers in 1616, Conde de Buckingham en 1617, Marqués de Buckingham en 1618 y finalmente Duque de Coventry y Duque de Buckingham en 1623. Llegó a ser la persona más importante fuera de la familia real.
Según los historiadores, su presencia irresistible le llevó a una actitud arrogante e impulsiva, al tener plena confianza en sus encantos. Pero no estaba preparado para sus cometidos políticos.
Matrimonio
George Villiers se casó con la hija del VI duque de Rutland, Lady Katherine Manners, el 16 mayo de 1620 a pesar de las objecciones de su padre. Del matrimonio subsiste un curioso retrato de Van Dyck, donde aparecen caracterizados como Venus y Adonis.
Buckingham se enriquecía cada vez más gracias a los monopolios reales. El parlamento inglés comenzó una investigación contra él en 1621, pero gracias a sus influencias no prosperó.
Politica Exterior
En 1623 Villiers acompañó a Carlos, príncipe de Gales, a España para negociar el matrimonio entre éste y la Infanta María Ana, hija menor de Felipe III. Las negociaciones venían de largo pero se cree que Villiers fue el causante del fracaso de las mismas; el embajador español pidió que el parlamento ejecutara a Villiers por su comportamiento en Madrid; pero Buckingham ganó renombre pidiendo la guerra contra España a su vuelta. En España el rey Felipe IV le obsequió con numerosos ejemplares de caballos de raza española, lo que más adelante contribuyó para que en Inglaterra surgiesen los pura sangre.
Más adelante dirigió las negociaciones para una boda con Henrietta María de Francia en 1624, pero al ser católica provocó un enorme rechazo. La popularidad de Villiers cayó al ser culpado del fracaso de los protestantes en la batalla de Dessau al mando de Ernst von Mansfeld para recuperar el Palatinado (1626).
Sin embargo, su suerte mejoró al ser nombrado rey Carlos I. Aunque este rey no hubo de ser homosexual como su padre, también sintió una fascinación por él.
Buckingham dirigió una expedición de Francis Drake contra España, quemando la flota española en Cádiz. Su plan fracasó por lo mal equipadas y preparadas que estaban las tropas inglesas, pudiendo los españoles vencer el ataque. Buckingham entonces negoció con el regente francés, cardenal Richelieu, para que las naves inglesas ayudasen a Richelieu en su lucha contra los protestantes franceses (Hugonotes), a cambio de ayuda francesa contra España que ocupaba el Palatinado. La ayuda nunca se materializó, y el parlamento inglés se escandalizó ante la idea de protestantes ingleses luchando contra los protestanes franceses.
Creyendo que su fracaso era una traición de Richelieu, organizó una conspiración contra él que incluía los enemigos del cardenal entre ellos los hugonotes.
Guerra con Austria, Francia, y España
Cuando el parlamento procuró acusarlo por el fracaso de la expedición de Cádiz, Buckingham declaró la guerra a Francia, poniéndo a Inglaterra en guerra con los borbones de Francia y los Habsburgo de España y Austria, las dos dinastías más importantes de Europa.
Muerte
El 2 de agosto de 1628, John Felton, un oficial del ejércio asesinó a Villiers apuñalándole en un muelle del Támesis. Felton fue ahorcado en noviembre y Villiers fue enterrado en la abadía de Westminster. Siendo la primera persona no perteneciente a la familia real en ser enterrada en Westminster. Su tumba se encuentra cerca de la del rey Jacobo I.es:George Villiers de Buckingham
Isabel (A Leicester): ¿Cómo se llama este sitio?
Leicester: El castillo de Fotheringhay.
Isabel (A Talbot): Ordenad que mi comitiva regrese a Londres. El gentío se agolpa a mi paso, y ansiamos descansar en este tranquilo parque. (Talbot ordena a la comitiva que se aleje. Isabel clava la mirada en María, y continúa hablando con Paulet.) Mi buen pueblo me ama demasiado. Las manifestaciones de su júbilo no conocen medida, y rayan en idolatría: así se honra a los dioses, no a los mortales.
María (Que durante estas palabras, ha seguido apoyada sin fuerza en brazos de su nodriza, alza la frente, y su mirada choca con la de Isabel. María se estremece de espanto y vuelve a echarse en brazos de Ana) ¡Dios mío! ¡su cara dice que no tiene corazón!
Isabel: ¿Quién es esta mujer? (Silencio general.)
Leicester: Reina, os halláis en Fotheringhay.
Isabel (Afecta sorprenderse y dirige a Leicester una mirada sombría.): ¿Quién me ha traído aquí, lord Leicester?
Leicester: Esto es hecho, señora, y pues que el cielo guió hacia aquí vuestros pasos, dejad que triunfe la piedad y la grandeza de alma.
Talbot: Dejaos vencer, señora, y volved los ojos a la infortunada que sucumbe a vuestra presencia.
(María recoge sus fuerzas, e intenta aproximarse a Isabel, pero se detiene; su cara revela la violenta agitación de su ánimo.)
Isabel: ¡Cómo, mis señores! ¿Quién me habló de la sumisión de esta mujer? Tengo delante de mí a una orgullosa, a quien la desgracia no ha podido abatir.
María: Sea; quiero someterme a este nuevo dolor. Lejos de mí, el impotente orgullo de un alma elevada; voy a olvidar lo que soy, y cuanto he sufrido, para prosternarme a los pies de la que fue causa de mi oprobio. (Dirigiéndose a la Reina) El cielo ha pronunciado en vuestro favor, hermana mía, y la victoria ha coronado vuestra dichosa frente. Adoro la Divinidad que así os hizo grande. (Se arrodilla delante de ella) Pero sed generosa para conmigo, hermana mía; no me dejéis hundida en la humillación; tendedme vuestra real mano para realzarme de mi profunda caída.
Isabel (retrocediendo): Este es vuestro lugar, lady María; y doy gracias a Dios por su bondad, cuando ha permitido que me viera como vos, a las plantas de mi rival.
María (con creciente emoción): Pensad en las vicisitudes de las cosas humanas. Existe un Dios que castiga la arrogancia; honrad y temed a la terrible Divinidad, que me arroja a vuestros pies, por respeto a los testigos de esta escena, ajenos a ella; honraos a vos, honrándome a mí; no ofendáis, no profanéis la sangre de los Tudor, que corre por vuestras venas, como por las mías. ¡Ah!, no seáis, por Dios, inaccesible y dura como la escarpada roca a la que en vano el náufrago se esfuerza en asirse. Todo mi ser, mi vida, mi suerte, dependen de mis palabras y del poder de mi llanto; ¡abrid mi corazón para que pueda yo conmover el vuestro! Si me dirigís tan glacial mirada, el corazón trémulo de espanto se cierra, se detiene el torrente de mis lágrimas y el terror hiela en el seno mis súplicas.
Isabel (con ademán frío y severo): ¿Qué tenéis que decirme, lady Estuardo, puesto que habéis pretendido hablar conmigo? Olvidé que soy una reina cruelmente ultrajada para cumplir con el piadoso deber de hermana, y ofreceros el consuelo de verme. Cedo con ello a un impulso de generosidad, exponiéndome a justa censuras por haber descendido hasta ese punto... porque harto sabéis que quisisteis matarme.
María: ¡Cómo empezar, cómo usar de tal modo de la prudencia, que logre conmover vuestro corazón, sin ofenderle en lo más mínimo! ¡Oh, Señor, comunica toda fuerza persuasiva a mis palabras, y arráncales todo aguijón! Me es imposible hablar en mi propio favor, sin acusaros gravemente, y no lo deseo. Vuestro modo de proceder para conmigo no fue ciertamente justo, porque soy reina al par que vos, y me habéis detenido prisionera; llegué aquí suplicante, y vos despreciando en mí las sagradas leyes de la hospitalidad y el derecho de gentes, me encerrasteis entre los muros de un calabozo; habéis alejado de mí, con crueldad, mis amigos y mis criados, y sujetádome a indignas privaciones. He sido forzada a comparecer ante un tribunal indigno...; pero, en fin, no hablemos más de semejantes crueldades. Cuántas sufrí, húndanse en eterno olvido. Mirad; quiero atribuirlo todo al destino; ni vos sois ya culpable, ni yo tampoco. Un genio infernal surgió del fondo del abismo para inflamar en nuestros corazones el odio ardiente que nos dividió desde los primeros años, y que ha crecido con nosotras. Algunos malvados atizaron la miserable llama; algunos fanáticos pusieron el puñal y la espada en manos cuyo socorro nadie reclamó. Tal es el destino fatal de los reyes; sus odios desgarran el mundo; sus enemistades desencadenan sobre él, el tropel de las Furias. Ahora, no existe ya entre nosotras ningún intermediario. (Se acerca a ella confiada y habla con acento cariñoso.) Henos, por fin, una enfrente de otra; hablad, hermana mía, decidme en qué falté, porque ansío daros satisfacción. ¡Ay de mí! ¡Cómo no consentisteis en recibirme, cuando con tal instancia os lo pedía! Las cosas no hubieran llegado a tal extremo, ni ahora nos encontraríamos en tan siniestro y triste sitio.
Isabel: Mi buena estrella me preservó entonces de avivar la serpiente en mi propio seno. No acuséis a la suerte, mas sí a la perversidad de vuestra alma y a la ambición de vuestra familia. No había estallado aún ninguna enemistad entre ambas, cuando ya vuestro tío, el prelado arrogante y ambicioso que atenta contra todas las coronas, os inspiró propósitos de guerra, y os persuadió locamente a empuñar las armas, a usurpar mi corona, y a empeñar conmigo un duelo a muerte. ¿Qué enemigos no suscitó contra mí? La voz de los sacerdotes, la espada de los pueblos, las temibles armas del fanatismo religioso; aquí mismo, en medio de mi pacífico reino, vino a atizar el fuego de la discordia; mas Dios está conmigo, y el orgulloso sacerdote no ha triunfado; el golpe fatal amenazaba mi cabeza, y cae la vuestra.
María: Me hallo en manos de Dios; espero que no abusaréis hasta tal punto de vuestro poder.
Isabel: ¿Y quién podría impedírmelo? Vuestro tío enseñó con su ejemplo a los reyes el modo de hacer la paz con sus enemigos. La noche de San Bartolomé, me servirá de lección. ¿Qué me han de importar los vínculos de la sangre y el derecho de gentes, si la Iglesia rompe todo vínculo, y consagra el regicidio y el perjurio? No haré más que practicar lo que enseñan vuestros sacerdotes. Decidme ¿quién saldría fiador de vuestra conducta, si cediendo a la generosidad rompiera tales cadenas? ¿Existe por ventura un castillo donde asegurarme de vuestra fidelidad, que las llaves de Pedro no puedan abrir? ¡Sólo en la fuerza reside mi seguridad! ¡No quiero alianza alguna con la raza de las serpientes!
María: ¡Oh, qué triste, qué cruel sospecha! Me habéis tenido siempre por enemiga, por extranjera, cuando si me hubieseis declarado vuestra sucesora respetando los derechos de mi cuna, por gratitud y amor hubierais hallado en mí una fiel amiga, una fiel parienta.
Isabel: Lady Estuardo, vuestra amistad está en otra parte; vuestra familia es el papismo, y vuestros hermanos los frailes. ¡Qué os declarase mi sucesora! (...) Para que aún durante mi reinado alucinarais a mi pueblo, y como Armida, prendierais en vuestras redes seductoras la juventud del reino, convirtiendo todas las moradas hacia el nuevo sol...
María: Reinad en paz; renuncio a toda pretensión a la corona. ¡Desdichada de mí! ¡Siento paralizados los impulsos de mi ánimo y la grandeza no guarda ya atractivos para mí! Habéis alcanzado vuestro propósito; ya no soy más que la sombra de María. Rota la altivez de mi alma con las injurias de la cárcel, me habéis reducido al último extremo, aniquilado en la flor de mis años. Ahora, acabad, hermana; pronunciad la palabra que os ha traído aquí, porque no puedo creer que aquí os conduzca el intento de insultar cruelmente a vuestra víctima. Pronunciad esta palabra; decid, por fin: sois libre, María; habéis probado mi rigor, aprended ahora a honrar mi generosidad. Decidlo, y recibiré mi libertad y mi vida como presente de vuestra mano. Una palabra, y no os alejáis, hermana, todo. ¡Ah! no me forcéis a aguardarla por mucho tiempo. ¡Ay de vos si no se pone fin a todo con esta palabra, y no nos alejáis, hermana, como divinidad gloriosa y bienhechora! Ni por esta rica y poderosa comarca, ni por toda la tierra que ciñe el Océano, quisiera parecer a vuestros ojos como vos pareceréis… a los míos.
Isabel: ¡Por fin, os dais por vencida! ¿Se acabaron vuestras conjuraciones? ¿No queda ya un solo asesino en marcha?... ¿Se acabaron los aventureros, dispuestos a ejecutar por vos una acción caballeresca? Sí; con los nuevos cuidados que preocupan al mundo, lady María, ya no seduciréis a nadie..., nadie ha de aspirar al título de cuarto marido, porque así matáis a los amantes como a los maridos.
María (estallando de cólera): ¡Hermana! ¡Hermana...! ¡Oh, Dios mío! ...dadme prudencia.
Isabel (contemplándola largo rato con orgulloso desprecio): Lord Leicester, ¿éstos son los hechizos que ningún hombre contempla impunemente, ni hubo mujer que osara arrostrar su comparación? En verdad que semejante nombradía fue adquirida a bien bajo precio. Está visto que para ser bella a los ojos de todos, basta ser de todos.
María: ¡Ah... esto es demasiado!
Isabel (con risa burlona): Mostradnos vuestro verdadero rostro, porque hasta ahora sólo hemos visto la máscara.
María (Inflamada de cólera; con noble dignidad): He cometido faltas; la juventud, la flaqueza humana, el poder, me llevaron fuera de camino; pero nunca me oculté en la sombra; con real franqueza he desdeñado siempre toda falsa apariencia. Cuantos delitos cometí, aún los más graves, los sabe el mundo, y puedo decir que valgo más que mi reputación... En cambio ¡ay de vos, si alguien os arrancara de los hombros el manto de honor con que encubre la hipocresía los frenéticos ardores de vuestra secreta concupiscencia!... No habréis heredado ciertamente de vuestra madre el honor... ¡Ya sabemos por qué virtud subió Ana Bolena al cadalso!
Talbot (Interponiéndose entre ambas): ¡Oh! ¡Dios! ¡A este punto habían de llegar las cosas! ¿Esta es sumisión, esta es moderación, lady María?
María: ¡Moderación! ¡He soportado cuanto puede soportar el alma humana! ¡Basta de resignación!... Retorna al cielo, dolorosa paciencia, y tú, ira por tanto tiempo comprimida, rompe tus cadenas, sal de tu guarida...; tú que diste al basilisco irritado miradas que matan, pon en mis labios el dardo venenoso.
Talbot: ¡Oh!... está fuera de sí; perdonad a su arrebato su cruel irritación. (Isabel, muda de rabia, lanza a María coléricas miradas.)
Leicester (vivamente agitado, trata de llevarse a Isabel): No escuchéis su furor; alejaos de este sitio fatal.
María: ¡El trono de Inglaterra está profanado por una BASTARDA! ¡El noble pueblo de Inglaterra es engañado por una bellaca, por una comediante! Si la justicia hubiese triunfado de la suerte, os veríamos hundida en el polvo a mi presencia, porque yo... yo... soy vuestra reina. (Isabel se aleja rápidamente; los lores la siguen vivamente perturbados.)
(Martirio cierra la puerta por donde ha salido María Josefa y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)
Martirio: (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!
(Aparece Adela. Viene un poco despeinada.)
Adela: ¿Por qué me buscas?
Martirio: ¡Deja a ese hombre!
Adela: ¿Quién eres tú para decírmelo?
Martirio: No es ése el sitio de una mujer honrada.
Adela: ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
Martirio: (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
Adela: Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Martirio: Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
Adela: Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
Martirio: Yo no permitiré que lo arrebates. El se casará con Angustias.
Adela: Sabes mejor que yo que no la quiere.
Martirio: Lo sé.
Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
Martirio: (Desesperada.) Sí.
Adela: (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.
Martirio: Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
Adela: Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!
Martirio: (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
Adela: (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio: ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
Adela: Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio: ¡No será!
Adela: Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio: ¡Calla!
Adela: Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio: Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela: No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio: No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela: Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.
(Se oye un silbido y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante.)
Martirio: ¿Dónde vas?
Adela: ¡Quítate de la puerta!
Martirio: ¡Pasa si puedes!
Adela: ¡Aparta! (Lucha.)
Martirio: (A voces.) ¡Madre, madre!
Adela: ¡Déjame!
(Aparece Bernarda. Sale en enaguas con un mantón negro.)
Bernarda: Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!