George Steinmetz
Una de las escritoras más fascinantes de Portugal es Florbela Espanca. Nació en Vila Viçosa en 1894 y se suicidó en 1930. En el país vecino es una auténtica gloria nacional: no es tan conocida como Pessoa o Torga, pero a nadie le ha pasado inadvertida su figura, tan atormentada, tan infeliz y tan lúcida, ni mucho menos su obra poética que alcanza su cumbre en el soneto y, en cierto modo, en su copioso epistolario. Como le sucedió a Rilke. Por su existencia, tan llena de sombras y de espantos, Florbela Espanca pertenece a ese grupo de mujeres herido por el dolor, la soledad y la desesperación. Pensemos en Delmira Agustina, en Alfonsina Storni, en Rosalía de Castro, en Anne Sexton, en Silvia Plath o Alejandra Pizarnik, cuyas existencias fueron un combate constante contra las circunstancias adversas que les rodearon y contra sus propios fantasmas. Contra las negras sombras. Las semejanzas, de partida, entre Rosalía de Castro y Florbela Espanca son curiosas: a ambas tardó en reconocerlas su propia madre; la de Florbela Espanca trabajaba de asistenta en la casa de su padre, Joao Maria Espanca, un personaje de rango que era fotógrafo, pintor y pionero de la cinematografía en Portugal, y la esposa de éste figuró como su madrina. Florbela estudió pintura, música, fue una gran lectora y con sólo ocho años compuso su primer soneto, que iba a ser su modalidad preferida. Tuvo una vida presidida por la insatisfacción y el amor: se casó tres veces y, salvo en los momentos iniciales del fervor, siempre se sintió desgraciada. Padeció numerosas enfermedades, varios abortos que acentuaron su sentido melancólico y, en medio de las vanguardias (y de la obra de Mario de Sa-Carneiro, Pessoa, Teixeira de Pascoaes, etc.), eligió un camino personal, solitario: la lírica amorosa, en cierto modo intemporal, intensa, ardiente, de una sensualidad tangible, que acabó desplazándose del paisaje y de la cosmovisión hacia el placer, la carne y la entrega. Olifante publicó hace algún tiempo “Las espinas de la rosa” (2002), una selección de sonetos que ha traducido con solvencia y en versión rítmica Ángel Guinda.
El TIEMPO DE LOS GITANOS Historia y antropología l Javier Aguirre Felipe (Zaragoza, 1947) publica una monumental “Historia de las itinerancias gitanas. De la India a Andalucía” (IFC), donde reafirma la condición de paria errante, herrero y músico del calé
...Otra deliciosa y trágica anécdota de un libro que avanza por muchos países. “A comienzos del siglo XVII llegaron los ‘gypsies’ al archipiélago de Shetland. En 1612 una gitana llamada Katherin Faw reconocía haber apuñalado a su marido Murdo Browne. Un tribunal la condenó y fue arrojada al mar desde lo alto de los acantilados de Scalloway”.
*
Llueve. Fuera la lluvia susurra algo que no entiendo.
Me da igual.
A la tierra también le da lo mismo.
No preguntaremos de dónde viene la lluvia.
Ya no quiero entender nada.
La lluvia suspira al acariciar las hojas de los árboles.
Llueve cuando parecía imposible que lloviera.
Llueve como hablaba mi abuela,
Llueve como cuando sueño que llueve.
*Este es el poema que escribe
en su página web VÍCTOR JUAN BORROY, el escritor inédito favorito de Pepe Melero.
Por Anton Castro
Charles Baudelaire dijo en una ocasión, pensando en Edgar Allan Poe: “Existen destinos fatales”. Baudelaire y a Stephane Mallarmé tuvieron el acierto y la intuición de traducir y promocionar al autor en Europa, de tal modo que casi era más famoso aquí que en su propio país a pesar de que su existencia estaba rodeada de una leyenda trágica. Poe nació en Boston en enero de 1809 y murió en octubre de 1849, en medio de una jornada electoral, completamente ebrio, con esta frase entre los labios: “Que Dios ayude a mi pobre alma”. Casi puede decirse que Poe no tuvo un momento de respiro. De temperamento romántico, exacerbado, inclinado a la locura, a la neurosis y a un montón de pesadillas que no le dejaban dormir, vivió rodeado de espectros, de apariciones, de sentimientos oscuros que poblaron su excitable cerebro. Fue un hombre de increíble encanto: ya desde niño, con sus ricitos de oro y una inteligencia casi apabullante, seducía a todo el mundo.
Hijo de pobres actores ambulantes, que alternaban “Macbeth” y “Hamlet” con piezas sentimentales y comedias musicales, se quedó huérfano a los dos años. Entonces aparecieron en sus días, John y Frances Allan, que durante algún tiempo le dieron una infancia casi dichosa. John Allan era un comerciante escocés que se hizo cargo del desvalido muchacho y lo llevó a su casa, una morada sureña y a menudo espeluznante. El niño, dotado desde muy joven para la literatura, creció entre nodrizas negras y criados esclavos que le contaban a cualquier hora viejas leyendas de aparecidos, relatos sobrenaturales o incluso narraciones de viajes o visitas a los cementerios. La presencia de cadáveres era tan constante en la adolescencia de Poe como los seres humanos. Es decir, se crió en medio de fábulas de terror, pero no sólo eso, el ámbito cultivado de los Allan le permitió acceder a las novelas “góticas” y a un conocimiento enciclopédico. Con sus nuevos padres, pasó cinco años en Escocia y Londres, atmósferas que son perfiladas en uno de sus cuentos más perturbadores, “William Wilson”, y en 1820, regresaron a Estados Unidos. Ingresó en la Universidad de Virginia, pero su vida disoluta –de juego, de alcohol, de constante libertinaje- acabaría enfrentándolo con su padre. Ingresó en West Point y casi a la vez vivió su primera historia de amor con Helen, una mujer mayor que él que se volvió loca y falleció demasiado pronto. Se sospecha que Poe iba a visitarla a su tumba a altas horas de la madrugada. Tampoco hizo carrera como militar y pronto se inclinó hacia la literatura. En 1827 publicó su primer poemario, “Tamerlán y otros poemas”. Jamás abandonaría la poesía, y de hecho su vena lírica caracterizará toda su producción: los extraordinarios cuentos, su única novela “Narración de Arthur Gordon Pym”, a la que incorpora el canibalismo, e incluso su narración o poema cosmogónico “Eureka”, con el cual pensaba que iba a lograr la inmortalidad.
Edgar Allan Poe conquistó la inmortalidad de otro modo: con sus narraciones cortas, que fue publicando en revistas y periódicos, y a las que luego les daba forma de libro. Hace algunos años, Alianza Editorial publicaba en dos volúmenes los “Cuentos completos” de Edgar Allan Poe en la traducción canónica, magnífica, de Julio Cortázar. Hace no demasiados meses Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores reeditaba ese trabajo bajo el título de “Todos los cuentos” (481 y 448 páginas), con ilustraciones de Joan-Pere Viladecans (Barcelona, 1948). Podría decirse que en el primer tomo están las obras maestras, las grandes piezas de Poe, las más sombrías e inquietantes, aquellas que le han hecho famoso por su complejidad temática y su riqueza fenomenológica (locura, neurosis, necrofilia, pasiones terribles, muerte más poderosa que la vida, crueldad, sadismo, romanticismo fúnebre...), y en el segundo están los cuentos más grotescos y humorísticos, pero también aquellos donde propone una modesta glosa a “Las mil y una noches”, como “El cuento mil y dos de Scheherezade”, o los cuentos abiertamente líricos, de una poesía más blanda, como pueden ser “El alce” o “La isla del hada”. También figuran en este segundo libro piezas como “Conversación con una momia”, “El hombre de negocios” o “La esfinge”, fábulas que las propias notas finales de los cuentos consideran su producción secundaria. O menos perfecta que las piezas del primer volumen.
Centrémonos pues en el tomo que abre el estuche. En él figuran la mayoría de las piezas verdaderamente magistrales de Poe, un escritor que poseía una deslumbrante erudición porque había asimilado lecturas de todo tipo: ficción, filosofía, esoterismo o ciencia. Parecía saber de todo y contarlo con un procedimiento indirecto que luego también utilizará Borges, aunque al autor argentino Poe le parecía un escritor enfático y efectista del que rescata su cuento más límpido: “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, el único de los suyos que incorporó a su “Antología de la literatura fantástica”. En efecto, esta es una historia portentosa: el relato de un hombre que ha sido objeto de hipnosis y que vive y habla más allá de la muerte. Este primer volumen se abre con el cuento ya citado, “William Wilson”, uno de los más autobiográficos, la historia del doble y del crápula, y debemos recordar aquí que el tema del doble le interesará mucho a escritores como el citado Borges o Stevenson. “El pozo y el péndulo” transcurre en Toledo y es un descenso a los infiernos de la Inquisición. “Manuscrito hallado en una botella” emplea un artificio que ya había usado Cervantes y que empleará años después el propio Cortázar en “Manuscrito encontrado en un bolsillo”. “El gato negro” señala otro instante de la crueldad y de la obsesión que enturbiaban el sentido de Poe, donde el sadismo alcanza un brillo terrible. “El retrato oval” es una narración en poco más de dos hojas de una precisión conmovedora: puro horror y paradoja. La pasión del pintor es tanta y también su sentido de irrealidad que no se percata de que la pintura –igual que sugerirá Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”- al cuajarse de vida y belleza aniquila la beldad de la musa, el candor y la entrega de la enamorada. Quizá sea una de los más redondos cuentos de género de Poe, de admirable concisión.
También figuran aquí relatos como “El corazón delator”, “El tonel de amontillado” (una de las piezas preferidas por Stevenson y auténtico paradigma del denominado “tono Poe”), “El demonio de la perversidad” o “El entierro prematuro”, cuentos de constante violencia y desquiciamiento donde se habla de seres heridos por la neurosis en algún lugar del cerebro. “Un descenso al Maelström” es una pieza inspirada en algunos momentos de su adolescencia y emparentado con “Gordon Pym”; el rodar del remolino que todo lo arrastra y los minuciosos datos científicos de la pieza están tomados de la “Enciclopedia Británica”. Hay otras piezas de una recrofilia casi insoportable, puras pesadillas, transmigración de almas, estados de locura, e incluso atmósferas incestuosas como la de “La caída de la casa Usher”, para muchos –entre ellos para Roger Corman- el mejor cuento de Poe, aunque él prefería “Ligeia”, que era un paso más allá, hacia lo siniestro y la resurrección, de “Morella”. Con “Berenice” intentó sugerir la vida idílica y a la par miserable que llevó con su “tercera madre” Mrs Clemm y con la hija de ésta y esposa de Edgar, Virginia Clemm, con la cual se casó cuando ella tenía trece años y él 25. Los cuentos de “las mujeres” (“Ligeia”, “Eleonora”, “Morella” y “Berenice”) figuran entre los más amados por él, pero “La caída de la Casa Usher” es una pieza redonda, magnífica, rebosante de atmósferas enfermizas, de dolencia moral, de decrepitud y de muerte, de una muerte que parece más viva y rugiente que la propia vida. Y de personajes enigmáticos, escurridizos, que se mueven en un estadio de locura, patetismo y ocultación.
Siempre se ha dicho que Edgar Allan Poe fue uno de los inventores del género de detectives con la creación del personaje lógico y deductivo August Dupin, que protagoniza “Los crímenes de la rue Morgue”, “El misterio de Marie Roget” (que es la continuación del anterior) y “La carta robada”, y de esa atmósfera es, sobre todo en su segunda parte, “El escarabajo de oro”. Esta primorosa edición bien merece la relectura de Edgar Allan Poe, uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos.
http://antoncastro.blogia.com/2005/diciembre.php
LAS TERCIARIAS
¿Se acuerdan de la señora que decía en Cuando Harry encontró a Sally la más famosa frase de toda la película? Pues la decía ella. ¿Y alguien recuerda como se llama? Es cierto que no era un personaje desarrollado y que formaba parte del elenco de los extras, pero la guionista, en una frase, nos definió un personaje. Secundarias en esa película eran Carrie Fisher o Michelle Nicastro, pero no de Older customer in orgasm scene, que es como se llama el personaje de esa señora, es decir, ni siquiera tiene nombre. Ni tampoco nos importa.
A ella y a otras muchas como ella me refiero en el capítulo anterior como terciarias, porque aunque secundan, no salen en los créditos como secundarias, o , ya saben lo que ocurre, empieza la película, sale el nombre de los protagonistas, luego el de los secundarios, que a veces es más rápido o en letra más pequeña, ves la película y cuando termina, tienes que quedarte a ver los microscópicos y veloces títulos de crédito del final para descubrir en orden que lo que llaman el Cast es enorme, y nos parecía que había como mucho seis o siete personajes.
Una terciaria es una actriz que de no aparecer no cambiaría la historia pero que aporta sustancia al contenido de la escena para enriquecerla. Chus Lampreave, robaescenas, no necesita ser un gran actriz para soltar un par de frases, sobre todo en las películas de Almodóvar, y dar el golpe. Todo el mundo recuerda su breve respuesta como testiga de Jehová en Mujeres al borde de un ataque de nervios, casi nadie los monólogos del antagonista interpretado por Fernando Guillén Cuervo.
Almodóvar es prolífico en crear personajes de terciarias, lo fueron, entre otras, Rossy de Palma en La ley del deseo, lo fue Concha Rabal en Átame haciendo de farmacéutica, las otras dos farmaceuticas de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, e incluso, su propia madre, Francisca Caballero , como un guiño cinéfilo en casi todas sus películas.
Chus Lampreave, que comenzó de terciaria en El pisito o El verdugo ha tenido la suerte , gracias a la complicidad de un director, de llegar a ser premiada en Cannes; en conjunto, eso sí, nunca le hubieran dado allí un premio por sí misma.
Margaret Dumont aguantó el tipo ante Groucho Marx en muchas de sus películas, Jessie Royce Landis a Alfred Hitchock , Florence Bates, inolvidable Sra Van Hopper en Rebeca y en el triunvirato de las malas de esa película, no recibieron ningún premio a lo largo de su carrera, son ejemplos de algunas actrices de carácter ,nacidas en el siglo XIX que tuvieron la suerte de ser aprovechadas para el cine en el XX, y que mencionaremos en el capítulo correspondiente dedicado a las secundarias con el límite de físico y edad- Marilyn Monroe comenzó de terciaria en Amor en conserva a mayor gloria de los Hermanos Marx, pero su edad y su físico no eran los de la Dumont-. Más suerte tuvo Laura Hope Crews, recordada Tía Pittypat Hamilton de Lo que el viento se llevó, no le dieron premios, pero es de las pocas que tiene una estrella de la fama en el suelo de Hollywood, exactamente en el 6251 Hollywood Boulevard, tal vez, cuando alguien la pise se pregunte quien es.
- ¡Ah! Y la señora que dice aquello de I’ll have what she’s having en Cuando Harry conoció a Sally es Estelle Rainer, como en el caso Almodóvar, madre del director de la película.
This article is about the swimsuit manufacturer. For the genericized trademark referring to the swimsuit style see Speedo (suit style).
Speedo is a swimsuit manufacturer that began on Bondi Beach near Sydney, Australia. Speedo is currently the world’s largest selling swimwear brand and manufactures products for both recreational and competitive swimming. Its trademark is a red boomerang-shaped logo.
Today the company is headquartered in Nottingham and is owned by the London based Pentland group .
History
The company was founded in 1914 by hosiery manufacturer Alexander MacRae as MacRae Knitting Mills in an effort to expand his company into swimwear. In 1928 the name Speedo was first adopted after the firm developed its racerback design of swimwear making it one of the first manufacturers to specifically produce athletic designs. The name was made up by a Captain Jim Parsons who won a company competition with the slogan "Speed on in your Speedos."
During World War II the manufacturer shifted nearly all of its production to war materials such as mosquito nets. Speedo resumed production after the war and became a publicly traded corporation in 1951. In 1955 Speedo introduced nylon into its fabric for competitive swimwear. The 1956 Olympics in Melbourne saw the widespread debut of the new fabric and the introduction of the style of men’s briefs that has become associated with the brand. The company quickly expanded into the international arena from there until the present, boasting that 70 percent of swimming medals were won by athletes wearing its products in the Olympic Games of 1968, 1972, and 1976.
During the 1970’s and 80’s new fabrics such as lycra were incorporated into the company’s swimwear design. During the late 1990’s the company turned its attention to its aquablade and fastskin product lines of competitive swimwear. The designs employ new fabrics that the company claims will reduce resistance in the water by replicating biological skin characteristics of various marine animals such as sharks.
Though it still manufactures the traditional briefs, jammers and racerback designs that made the company famous, Speedo’s latest competitive swimwear designs incorporate suits that provide greater coverage to the arms, legs, and even full body for their top end lineup. Their high-end suits often sell for in excess of $300 (in US Dollars) for the Fastskin 2 series. The company also continues to manufacture recreational swimwear, goggles, earplugs, swim caps, towels, robes, sportswear and other logo clothing, watches, sandals, beach volleyball and triathlon products, lifeguard gear, and training supplies for competitive and recreational swimmers.
Australians have long enjoyed and even laughed at the Speedo as a piece of swimwear and the lack of modesty that it provides. Slang terms for the men’s Speedo include "budgie smugglers" and "banana hammocks".
Athletes
Some athletes who have been sponsored by the Speedo brand include Grant Hackett, Michael Klim, Megan Jendrick, Greg Louganis, Janet Evans, Michael Phelps, Natalie Coughlin, Amanda Beard, Dawn Fraser, and Kosuke Kitajima.
El romanticismo del terror, herencia del gothic feeling, y el glamour de la Riviera francesa no siempre fueron incompatibles en esta obra del genial director. La atroz calavera de la madre de Tony Perkins en Psicosis bien pudo haber lucido el collar de Grace Kelly en Atrapa a un Ladrón. A la cabeza disecada que aterroriza a Ingrid Bergman en el lecho de Atormentada no le habría sentado mal la diadema que luce la actriz en alguna secuencia del filme. Diadema que fue, además, muy promocionada del mismo modo que para los stills en color destinados a la prensa los fotógrafos recurrieron a un tipo de iluminación basado en las pinturas inglesas del XVIII.
Y es que mientras Hitchcock preparaba sus complejos edificios emocionales, los artífices de los grandes estudios -Warner, Paramount o Metro- creaban las suntuosas iconografías destinadas a la imposición del glamour en la prensa de todo el mundo. Fotógrafos, iluminadores, figurinistas, maquilladores, joyeros y hasta algún peletero contribuyeron a convencer al público de que el terror también podía introducirlos en un emporio de quimeras sofisticadas.
Cuando todo se ha dicho -y se ha dicho mucho- sobre los impresionantes logros artísticos de Hitchcock, siempre quedará por descubrir el lado romántico de sus ficciones, su tendencia a mantener ciertos clichés establecidos desde los años 20. La fórmula triunfa plenamente a partir de su llegada a Hollywood. De un lado una iconografía severamente enmarcada en las exigencias del star system; del otro, el modo en que esta iconografía sirve a las obsesiones privadas del autor; el modo en que se convierten en fetiches. Muy a menudo se ha hecho hincapié en la figura de las rubias frígidas que despiden chispas inesperadas, y el propio Hitch lo ha confirmado en numerosas entrevistas, pero también se ha hablado con justicia de los adorables personajes secundarios, esas damas entre excéntricas y despistadas -como Jeysse Royce Landis en Atrapa a un ladrón y Con la muerte en los talones- o esas otras que observan el mundo a regañadientes, como la mítica ama de llaves señora Danvers -una de las grandes víboras de la historia del cine- o esas agradables matronas que, desde un segundo plano, siempre parecen saber más que los protagonistas, como la inmortal Thelma Ritter en La ventana indiscreta. E incluso hay secundarios de lujo, tanto lo son que pueden permitirse dominar la película sin aparecer en imagen, como la difunta Rebeca (1940).
El privilegio de los secundarios procede directamente del acervo literario británico, y es lo que da parte de su encanto, su categoría de alta comedia, a Alarma en el expreso (1938), y lo que otorga su potencial terrorífico a la primera versión de El hombre que sabía demasiado (en la segunda versión de 1956 sustituir al inquietante Peter Lorre por Doris Day fue un mal negocio, aunque ésta fuese rubia y entonase con gracia el famoso cantable ¿Que será, será?).
EL MAGO DEL SUSPENSE
Cuando Hitchcock llega a Hollywood para rodar Rebeca al servicio del todopoderoso David O’Selzcnik, su estilo está ya consolidado y además del consabido título de "mago del suspense" puede contársele como uno de los grandes maestros de la narrativa cinematográfica en los primeros tiempos del sonoro (la secuencia del restaurante de Inocencia y juventud, 1937, es una de esas proezas que garantizan la inmortalidad). De ahí la necesidad de revisar continuamente una etapa que hoy parece limitada al consumo de las ratitas de cinemateca. Ya desde la etapa muda destaca la importancia que Hitch concede al glamour de los actores. Es el que tenía Yvor Novello en El asesino de las viudas, o el de la actriz checa Annie Ondra en La muchacha de Londres (1929). Contrariamente a lo que se cree, Hitch no era aficionado a trabajar con actores desconocidos (si se exceptúa algún caso, que citaré más abajo). Silvia Sidney era ya una actriz consagrada cuando Hitch la utilizó en Sabotaje (1936); Nova Pilbeam, protagonista de Inocencia y juventud, era una gran favorita de los adolescentes británicos; también era conocida Margaret Lockwood, la decidida, impetuosa, un poco impertinente heroína de Alarma en el expreso (más adelante, Lockwood aumentaría su fama en los famosos melodramas de la Gainsborough, tipo Perfidia).
Las tres actrices están destinadas a encarnar prototipos que Hitch repetirá en su carrera americana; la heroína sufriente, obsesionada y a menudo perseguida (Sidney), la joven caprichosa, tocada por el bichito de la modernidad (Nova) y la aficionada a deshacer líos y entuertos, poniéndose en paridad al hombre, si no por encima de él (Lockwood).
También en los años treinta, aparece en la obra de Hitch el paradigma del glamour, encarnada en la rubia sofisticada. Ella es Madeleine Carroll, una rival en belleza de la inimitable Carole Lombard y una temprana premonición de lo que en los años cincuenta será Grace Kelly.
En Estados Unidos Hitch no se limitará a ampliar sus descubrimientos en el campo de la narrativa cinematográfica; retomará continuamente los prototipos citados, sin perder de vista que la industria americana está viviendo el último gran momento del star system. En este sentido no es de extrañar que, aun con todo su poder, se vea a veces obligado a recurrir a intérpretes inadecuados, pero que estaban bajo contrato con el estudio (esto es particularmente cierto en la época Warner, donde tiene que recurrir a actrices tan poco hitchcockianas como Jane Wyman, Ruth Roman y Anne Baxter). Lo disonante de estos nombres se nota más cuando pensamos en la absoluta adecuación de otros fetiches concertantes con el universo Hitch: Ingrid Bergman, Grace Kelly y Cary Grant, principalmente.
Como en el caso de todos los grandes creadores de la historia del cine, Hitch tuvo que luchar contra los intereses comerciales de las productoras, pero es curioso que ambas posturas coincidan en una misma necesidad de dorarle la píldora al público por medio del glamour. Aunque ya he señalado que no siempre fue así: el agobiante realismo de Falso culpable (1957)no se explicaría en estos términos. Tampoco la sensación de anonimato que despide esa deliciosa, poco reconocida comedia macabra que fue Pero ¿quién mató a Harry? (1955), cuyo reparto está compuesto por actores secundarios de la Paramount, incluida una Shirley Mac Laine en sus principios. Por una vez Hitch, la industria y el público no coincidieron, ya que el filme fue un fracaso en taquilla. Evidentemente,el collar de Grace Kelly y la galanura otoñal de Cary Grant seguían mandando.